#09 — Lectura
Oaxaca
Con los años también me tocó estar del otro lado de la hospitalidad.
Ser invitado.
Oaxaca ocupa un lugar especial en mi memoria. Fue uno de esos destinos que, por las personas, las experiencias y los momentos vividos, terminó dejando una huella profunda en mi vida.
Ahí fui recibido con una generosidad que todavía recuerdo.
No necesito contar quién abrió aquella puerta ni enumerar todo lo que hizo por mí. Para mí es suficiente reconocer que hubo alguien que se tomó el tiempo de hacerme sentir bienvenido.
Ser esperado.
Encontrar una mesa dispuesta.
Compartir tiempo y conversación.
Sentir que alguien había pensado en mi llegada.
Puede parecer poco.
No lo fue.
Los años han pasado y sigo recordándolo.
Y quizá esa sea una de las expresiones más sencillas y profundas de la hospitalidad: descubrir, mucho tiempo después, que un gesto que para alguien pudo haber durado unas horas consiguió permanecer durante décadas en la memoria de quien lo recibió.
Por eso hay una gratitud que también forma parte de esta historia.
Porque antes de querer construir una casa capaz de recibir a otros, yo también tuve la fortuna de encontrar puertas que se abrieron para recibirme.
Oaxaca fue una de ellas.
Y de ahí conservo una certeza que hoy está profundamente ligada a Casa Zivit:
el cuidado queda en la memoria.